martes, 3 de marzo de 2015

ME VOY BAILANDO

Era un local diminuto estrujado entre un oscuro portal y la maltrecha tapia que ponía punto final a la calle. Una desvencijada lonja en el lugar más perdido y olvidado del barrio. La mejor metáfora del fracaso. De hecho, hasta habíamos olvidado a quién pertenecía aquel agujero inservible. Sin embargo, un día, en el bar, alguien dijo que algún chalado había alquilado el cuchitril y que tenía pensado montar un negocio. De inmediato, y sin saber mucho más, se organizó una rifa sobre su supervivencia: un día, una semana, ¡un mes! fue la más loca y alta de todas las apuestas. Nos reímos mucho. Y más que lo hicimos cuando, de repente, la lonja apareció pintada de rojo y con un letrero sobre la puerta que decía: Ilusionista.


El nuestro era un barrio humilde, de currelas sin matices, expertos en supervivencia y pragmatismo. Con los pies, no a ras de suelo, sino anclados a él.  Así que de la ilusión lo único que conocíamos era el nombre.
¿Un espectáculo aquí? Nos preguntábamos. Pero ¿a qué ha venido? ¿a entretenernos? Hombre, de momento ya nos está haciendo reír, dijo uno. A ese le persigue un marido cornudo, os digo yo, añadió otro. O le busca el fisco… o se ha escapado de un manicomio o… Así nos decíamos y así lo disfrutamos, nunca nos habíamos reído tanto en el barrio. Y además es gratis, dijo alguien, una función semanal.  ¿Y de qué piensa vivir? ¿Del aire? decía fulanito ¡Como es ilusionista! contestaba zutanito. Cuánto nos reímos.

El caso es que tanto hablar del tema, nos entró una gran curiosidad y el día de la inauguración allí que se presentó medio barrio. ¡Qué tontos! No nos acordábamos que el local era tan chico que solo entraban cuatro personas. Cuatro. Cuatro en la única mesa que había preparado frente un improvisado escenario que consistía en una tarima de cinco palés, mal ajustados, y con una sábana blanca a modo de telón de fondo. Tampoco es que tuviéramos grandes expectativas, pero aquella intimidad, algo ya nos retraía.

Entraron los más valientes y cuando salieron, todo el barrio les rodeo con mil preguntas. No estaba mal, nos dijeron, se veía que el ilusionista era un poco novato. Solo les había hecho el numerito del conejo de la chistera. Poca cosa.  Pero bueno, era gratis y en el barrio nunca habíamos tenido nada parecido. Además, quieras que no, te pasabas media hora entretenida. El ilusionista iba cambiando de truco cada semana, unas veces le salía mejor que otras, a veces se repetía y en ocasiones era hasta un desastre. Pero le cogimos cariño. Al final, era de los pocos momentos para soñar que teníamos. Yo, por lo menos, le cogí gusto a ir. No sé. Era como alejarte de lo cotidiano.

Un día coincidió que estaba yo sola en el espectáculo. Daban futbol en la tele y contra eso, no había ilusionista que compitiera. Me dio apuro que trabajara solo para mí, así que le dije, mejor me voy y ya si eso, la semana que viene… No, por favor, me dijo él. Ya que estás aquí dime cual de todos mis trucos te gusta más y te hago ese. Me entró la risa, qué sé yo, le dije, cualquiera. Aunque sin pensarlo añadí: Hombre, me encantaría si supieras transportarme a una playa paradisíaca. Me traicionó el subconsciente, debió de ser eso. Pero él me dijo: Ese truco no me sale muy bien, aunque si quieres voy practicando…

De acuerdo, lo sé, lo sé… fue una gran estupidez. Yo apenas le conocía. Es más, lo único, lo único, que de verdad sabía de él es que era un aprendiz. Qué tonta fui. O igual no. Quién sabe. Vale, al principio me asusté porque este mundo es muy extraño y, está claro, que el ilusionista no tiene ni idea de cómo devolverme al barrio. Pero poco a poco ya me voy acostumbrando a que el cielo sea rosa, las flores me acaricien según camino entre ellas y los pájaros trinen alegres a todas horas.  Todavía no me he encontrado con nada parecido a un ser humano, aunque sí he visto unicornios. Igual, hasta soy la única persona en este lugar, vaya usted a saber. Pero eso, imagino, ya lo iré averiguando poco a poco.

 

Y volar
Asun Blanco Cobelo



Tengo que confesaros una cosa. He buscado durante mucho tiempo, por todas las esquinas de este indescriptible Espacio Potemkin, y no he tenido la suerte de encontrarme al ilusionista. Nada, no está aquí.
Pero a mí se me ha incrustado en la cabeza lo de encontrar nuevos mundos y pienso seguir buscando. El último chivatazo que tengo es que en vez de buscar ilusionistas que te transporten, deben de existir unas puertas mágicas en algunos muros que funcionan igual. Sólo hay que dar con ellas. No sé. Puertas, ilusionistas o algo… pero tengo que irme. Necesito seguir buscando. Es una tontería que se me ha metido entre ceja y ceja.  

Hasta la vista amigos. 

Me voy bailando…  https://www.youtube.com/watch?v=fPWU8hy0McY


2 comentarios:

Esther González dijo...

Buen viaje, Potemkin. Que te soplen buenos vientos, que bailes por los mundos que abren las puertas mágicas de tu ser.¡Abrazo!

asun blanco cobelo dijo...

Esther!! Ojalá los buenos vientos nos acompañen. O al menos que, pequeños marineros, sepamos navegar con los que nos lleguen.
Un besazo.